¿Existe alguna diferencia entre hombres y mujeres al manejar la inteligencia emocional?

Las mujeres no son "más inteligentes" que los hombres cuando se trata de inteligencia emocional, ni los hombres superiores a ellas. Cada uno de nosotros tiene un perfil personal de puntos fuertes y débiles en estas aptitudes. Algunos pueden ser sumamente empáticos, pero carecer de alguna capacidad necesaria para manejar sus propios nervios; otros pueden captar el cambio más sutil en su propio humor y, no obstante, ser socialmente ineptos. Es cierto que hombres y mujeres, como grupos, tienden a compartir un perfil específico de puntos fuertes y puntos débiles. En un análisis de inteligencia emocional, efectuado sobre millares de personas de ambos sexos, se descubrió que las mujeres, en promedio, tienen mayor conciencia de sus emociones, demuestran más empatía y son más aptas para las relaciones interpersonales.

Los hombres, por su parte, son más optimistas y seguros de sí mismos, se adatan con más facilidad y manejan mejor el estrés. En gen eral, no obstante, son muchas más las similitudes que las diferencias. Algunos hombres son tan empáticos como la más sensible de las mujeres, mientras que hay mujeres tan capaces de soportar el estrés como el hombre más flexible. En realidad, en promedio, las fortalezas y debilidades de hombres y mujeres se compensan en los puntajes generales, de modo que, en función de la inteligencia emocional total, no hay diferencias entre los sexos. Finalmente, no son los genes los que determinan nuestro nivel de inteligencia emocional; tampoco se desarrolla sólo en la infancia. A diferencia del CI, que después de la adolescencia cambia muy poco, la inteligencia emocional parece ser aprendida en gran partes y continúa desarrollándose a medida que avanzamos por la vida y aprendemos de nuestras experiencias: nu estra aptitud, en ese sentido, puede seguir creciendo. De hecho, ciertos estudios que han rastreado el nivel de inteligencia emocional en el curso de los años demuestran que la gente mejora cada vez más esa aptitud, a medida que adquiere destreza para manejar sus propias emociones e impulsos, se motiva y afina su habilidad empática y social. Para designar este crecimiento en la inteligencia emocional existe una palabra anticuada: madurez.